La Iglesia reitera su compromiso de atender y cuidar a los peregrinos, forasteros, exiliados y migrantes de todo tipo

EL ROSTRO DEL MIGRANTE EXPRESA DOLOR, TERROR Y ANGUSTIA

Pbro. José Manuel Suazo Reyes

Los días del 13 al 15 de febrero de 2017, en la Diócesis de Brownsville de los Estados Unidos (EU), se llevó a cabo la reunión entre algunos obispos del sur de ese país con Obispos del norte de México para tratar el tema de la migración, los desafíos que en la administración TRUMP se están visualizando y para fortalecer acciones pastorales que desde hace más de 20 años se llevan a cabo. A este encuentro asistieron, además del Nuncio Apostólico norteamerico, Mons Christophe Pierre, varios sacerdotes, religiosas y laicos comprometidos con la Pastoral de la Movilidad Humana.

Estas reuniones son expresión de la comunión de la Iglesia Universal y tienen como preocupación primordial la VIDA Y REALIDAD PASTORAL DE NUESTROS HERMANOS MIGRANTES. En el comunicado, fruto de este encuentro, los obispos refieren la difícil situación que enfrentan hoy los migrantes. El clamor de ellos es la voz de Cristo que nos interpela.
Señalan los obispos en su comunicado que a lo largo de todos estos años, “han visto de primera mano el sufrimiento causado por un sistema de inmigración roto, causado por las condiciones estructurales políticas y económicas, que generan amenazas, deportaciones, impunidad y violencia extrema”… y denuncian: “Esta situación acontece tanto en relación entre Centroamérica y México, como entre EU y México”

En el rostro del migrante encontramos el dolor, el temor y la angustia de quien ha venido a nosotros, y tiene que vivir entre nosotros entre las sombras de la sociedad. Muchos sufren explotación en el lugar de trabajo y viven bajo la amenaza constante de ser deportados. El inmigrante no es un delincuente, es una persona que busca mejores condiciones de vida; tiene una dignidad y también tiene sueños. En nuestros hermanos que emigran constatamos la exigencia evangélica: “Fui forastero y me recibiste, tuve hambre y me diste de comer” (Mt 25, 35-36).

Esta realidad se ha vuelto más difícil ante las medidas que las autoridades civiles de EU están tomando. “Se palpa el dolor de la separación de las familias, la pérdida de trabajo, persecuciones, discriminación, expresiones de racismo, deportaciones innecesarias, que paralizan el desarrollo de las personas en nuestras sociedades y el desarrollo de nuestras naciones, dejándolas en el vacío y sin esperanza”, señalan los prelados en su comunicado.

Muchas personas se ven obligadas a abandonar sus hogares y territorios en busca de mejores condiciones de vida; la causa de la migración no solo es la miseria y la falta de oportunidades, fruto muchas veces de la corrupción reinante y de los múltiples latrocinios e impunidades; la falta de empleo o los bajos precios de los productos del campo o los salarios injustos; hay que agregar además que muchos salen huyendo porque necesitan proteger su integridad. La pobreza y la miseria son causa del fenómeno migratorio pero también las múltiples formas de violencia.

La gente sale huyendo de sus lugares de origen porque la inseguridad o las condiciones sociales siguen siendo un problema aún no resuelto. El migrante tiene derecho a ser respetado por el derecho internacional y por cada país. Muchas veces, nuestros hermanos migrantes se encuentran entre la espada y la pared, ante la violencia, la criminalidad, las políticas inhumanas de gobiernos, y la indiferencia del mundo.

Todos debemos recordar que, independiente de su condición migratoria, estas personas poseen una dignidad humana intrínseca que debe ser respetada. Lamentablemente los migrantes son sujetos a leyes punitivas y al maltrato por parte de las autoridades, tanto en países de origen, como de tránsito y destino. Por lo mismo es necesario adoptar políticas gubernamentales que respeten los derechos humanos básicos de los migrantes indocumentados.

La Iglesia seguirá construyendo puentes entre los pueblos y las comunidades ya que independientemente de la nacionalidad, el credo o la cultura todos somos hermanos. No podemos ser indiferentes ante quien pasa por nuestra tierra o toca en nuestras puertas para pedir ayuda para seguir caminando.

La Iglesia reitera su compromiso de atender y cuidar a los peregrinos, forasteros, exiliados y migrantes de todo tipo, afirmando que “todo pueblo tiene el derecho a condiciones dignas para la vida humana, y si éstas no se dan, tiene derecho a emigrar” (Papa Pio XII); Los obispos representantes de ambas Conferencias Episcopales (EU y México), se comprometieron a seguir dando acompañamiento y seguimiento a las situaciones que sufren nuestros hermanos migrantes en estos momentos. A través de Cáritas y de las diversas Casas de migrantes en México, continuarán ofreciendo un servicio de calidad a los migrantes. Así mismo mantendrán su presencia constante en campos de detenciones, casas y centros de asistencia a migrantes desde la frontera sur de México hasta todo EU.

Nuestro reconocimiento a las organizaciones laicales que trabajan apoyando integralmente a los migrantes y a tantas familias en México y EU, que asisten, atienden y apoyan a migrantes en el camino, abriendo su corazón y sus hogares. Que nadie cierre sus puertas al peregrino que busca un poco de apoyo para seguir su camino en busca de mejores condiciones de vida o para proteger su integridad y la de su familia.